lunes, 13 de abril de 2009

de Madrid al cielo

Por enésima vez, la ciudad me acoge, me abre grietas azules en el pecho y me recuerda que un abril de hace 78 años se llenó de gritos y de banderas de otro color. A la 1 de la tarde, de las avenidas de Madrid manan coches en todas direcciones, guiados por alguien que busca perdón, aparcamiento, sexo o unos ojos que observan desde el borde de la acera cuando el semáforo está en rojo. Una paloma aventurera se lanza al asfalto. Un portero con mono azul friega la cancela de un antiguo bloque en la glorieta de Quevedo. Nosotros compramos 1/8 de kilo de patatas fritas cerca de aquel portal, nº 17, donde nunca se te ocurrió que yo llegaría a existir un día. La policía detiene a una pareja de sudamericanos que agitan las manos. Una anciana tapa la boca de su marido en el autobus. Las lentejas de El Esla me siguen esperando. Mientras, los locutorios en ebullición dejan escapar carcajadas, o el eco de algún llanto argentino. En Lavapiés, un señor ciego recorre la calle pegado a los barrotes de un edificio señorial arrasado de pintadas. Los Alphaville ya no existen y la demencia toma el sol en Plaza de España desde los ojos de una mujer que no pronuncia palabra. Más tarde, a esa hora en la que el cielo se va volviendo naranja y el azul aún brilla, Madrid es efervescente. Malasaña sigue oliéndome a aquellas mandarinas, a tus manos, a los aviones que dejamos escapar; y el Café Comercial siempre nos recibe con nuevas vueltas de tuerca que me recuerdan a los viejos vuelcos al corazón. Qué tendrá Madrid, que revuelve el alma y da sentido a los planes, a los naufragios y a las caricias. Y al volver a casa, los suspiros saben a Callao, a voces y a historias.

"Maldita ciudad, no es tu mejor momento, y aún estás hermosa.
Ciudad de mis noches, del viento, del pueblo, de la resistencia, del ¡No pasarán!"

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